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Published 13:45 by with 4 comments

Piscinas Naturales


    Un verano, no recuerdo muy bien de qué año, decidimos pasar el día en la playa de Bolonia, en Tarifa (Cádiz) junto a las ruinas romanas de Baelo Claudia, muy cerca de la Duna que se adentra en el bosque de pinos, enmarcando un paisaje difícil de olvidar, por lo espectacular y asombroso, por lo revelador del complejo; pasado, presente y futuro se dan cita en la playa. La Naturaleza se abre camino.



Alguien de nuestro grupo planteó visitar las piscinas naturales de Bolonia, que estaban en dirección contraria a la Duna, una vez estábamos arriba, después de soportar el calor, y los pies quemados de la arena. Cuesta subir, pero merece la pena la visión que contemplas.

  Muy bien! exclamamos tod@s. Sería divertido, sería una aventura, sería para much@s... una pesadilla!

  Nadie había ido nunca, nadie las había visto más que en fotos y nadie sabía cuánto tardaríamos, ni cuán lejos estaba desde nuestra posición. Lo más alto de la Gran Duna. Todo era de oídas...

Que si era un paseo por la orilla hasta llegar, que podríamos disfrutar de un buen paseo descalz@s por la orilla, que podíamos dejar nuestras mochilas en la playa, que no pasaría nada... que si, que si, que si... Todo era de oídas, no de escucha; porque de ser de escucha... nos habríamos retroalimentado con preguntas del tipo... ¿queda muy lejos?, ¿hace falta calzar chanclas? ¿llevamos agua?... ¿es peligroso?

No, no lo sabíamos, tod@s a quien preguntábamos le brillaban los ojos al recordar lo bonito que era el lugar y los baños que se dio en las piscinas naturales. Palabras atrayentes y embriagadoras, recurrentes y soñadoras. Piscinas Naturales.

Así emprendimos el camino. Silvia y yo, no nos fiábamos mucho. No nos parecía que estuviera muy cerca, y no nos parecía que fuera de tan fácil acceso, pues de ser así... ¿Cómo es que iba tan poca gente? así que para la caminata, para risa de tod@s, nos pertrechamos de todas nuestras cosas. Chanclas amarradas, protector solar, camisetas, gorras, mochilas, agua, comida. Ante el desconocimiento e incertidumbre, íbamos preparad@s para todo. Salíamos de nuevo de excursión.
Salimos a las 12 del mediodía; Seguro que volvemos pronto para comer pensaron... 

La marea estaba muy alta así que el placer de caminar por la orilla de la playa se veía dificultado por una fuerte pendiente, que tras una hora caminando, ya empezaba a hacer estragos en nuestras caderas. ¿Descansamos un poco? decía uno. No, ya queda poco. Decía otro. Así media hora más, hasta que llegamos a un conjunto de rocas que sobresalían del agua y acababan en la paredes de un acantilado. Podríamos pasar entre las rocas y el acantilado, pero la marea estaba tan alta que la fuertes olas que chocaban contra las rocas podrían arrastrarnos y golpearnos contra las rocas y llevarnos a alta mar.
Teníamos que subir al acantilado. Afortunadamente, no fuimos los únicos que tuvimos esa idea. Pues tras años y años de caminatas hacia las Piscinas Naturales, se había creado un sendero que subía el acantilado y cruzaba, sí, cruzaba, un coto privado de caza. Muchos estaban descalz@s, sin camisetas, sin agua… Nos adentramos por el sendero escarpado de arena, lleno de ramas, de raíces de enormes pinos, boquetes excavados por la lluvia, que dificultaban caminar… aunque lo peor, fue, afrontarlo descalzos. Pues la arena quemaba, pinchaba… De pronto! Escuchamos disparos. Ahí nos dimos cuenta de lo peligroso del sendero, aunque en perspectiva, las vistas desde arriba eran espectaculares… pero no nos permitían todavía, ver las Piscinas Naturales.



Decidimos pasar en silencio, sólo interrumpido por el sonido feroz de las olas al chocar contra las rocas, el movimiento de las ramas de los arboles y el estruendo de disparos, afortunadamente, nunca acompañados de lamentos, aunque sí, de los lamentos del grupo al pisar ramas, piedras, bichos, mucho dolor y quemor.
Por fin, nos cruzamos con un grupo que venía de vuelta.

¿Queda mucho? Era la pregunta más pronunciada durante el trayecto… y “esta aventura es la muerte a pellizcos”. No mucho, siempre nos decían. Subir el segundo acantilado y al bajar, poco más allá.

Sí, quedaba afrontar un segundo acantilado de incursión por el Coto de Caza.  Al cruzarlo llegamos a una escarpada playa, una cala, llena de promontorios rocosos que invitaban a imaginar gigantes petrificados saliendo del mar. Muy bonito. ¿Descansamos ya?, gritaban algunos. No, total, seguro que enseguida llegamos. Y descansamos allí.
Eran las 2 de la tarde, después de dos horas caminando, ya faltaba poco para descansar flotando en las piscinas naturales.

Aquella asombrosa cala nos proporcionó un pequeño descanso. Sobre todo para volver a poner los enrojecidos pies en remojo.

De nuevo, el acantilado y la alta marea, nos dificultaba el camino y esta vez no había sendero de subida, sino una pequeña línea de rocas cantudas, cantos rodados, entre enormes piedras¿ de roca ostionera y la bravura de las olas. De nuevo descalzos. Media hora más de caminata pedregosa. Lo peor era aguantar el equilibrio entre las piedras mientras cruzaban aquell@s privilegiados que venían de vuelta de las Piscinas Naturales. Los veíamos embadurnados del famoso barro que te deja la piel suave. “Nuestros pies sí que se van a quedar suaves cuando lleguemos” decíamos todos.
Llegamos nuevamente a otra calita de playa y remojamos los pies y tras otra batalla contra escarpadas rocas pegados a otro acantilado, ¿llegamos a las Piscinas Naturales?

Pues sí, pero… ¿dónde estaban? ¿Dónde estaba esa agua cristalina de la que tod@s hablaban? ¿Dónde están las piscinas naturales?


Destrozad@ y abatid@s nos sentamos en la arena a descansar y contemplar… ¿qué?
La marea estaba tan llena y fuerte que apenas veíamos las formaciones rocosas alineadas que dibujaban piscinas naturales. El poniente había arrastrado todas las algas del mar hacia la orilla… y los barros, sí, los barros, estaban en la pared, tenías que arrancarlos, triturarlos, mojarlos y extendértelos por el cuerpo. 
La irracional y asombrosa imprevisibilidad, además de caprichosa, Naturaleza.
En ese momento… sólo queríamos estar en el mismo sitio del que salimos. Frente a las ruinas romanas de Baelo Claudia.

Tardamos dos horas y media en llegar. Llegamos exháust@s y lo peor fue, que nuestras expectativas eran tan altas, que al llegar, sólo éramos capaces de ver decepción, arrepentimiento. No era el mejor día para ir, para ver este enclave natural, para disfrutar de las piscinas naturales y teníamos en general mucha hambre. Aunque Silvia y Yo que íbamos pertrechados, no nos fue tan mal e improvisamos para tod@s una degustación de la poca comida que llevábamos, que supo a desayuno continental de un hotel de cinco estrellas… la conclusión que sacamos todos fue, que aquella aventura fue: “la muerte a pellizcos”.
Después de un chapuzón… tocaba volver.
La vuelta se hizo más divertida, porque nuestras expectativas a la llegada eran totalmente reales. Sabíamos a dónde íbamos y qué nos íbamos a encontrar allí… pero, tampoco fue así. Nuestras expectativas también fallaron. Esto fue otra Aventura.
Os podéis imaginar…

Recomendamos visitar la playa de Bolonia, las ruinas de Baelo Claudia y aunque parezca que no, también las piscinas naturales, pues hemos vuelto, tras una planificación milimetrada (ya que conocíamos todos los riesgos) y nos encantó embadurnarnos de barro y bañarnos plácidamente en las cristalinas y frías aguas de las Piscinas Naturales de Bolonia. Un paraíso natural.

¿Te animas? Planifica! Feliz Agosto!
iMagina…
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4 comentarios:

  1. eso si que es un espíritu aventurero , a por otra marchita!!!!!

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    1. Ya estamos planificando otra marchita, otro camino del liderazgo. Publicaremos la crónica!
      Un Saludo!

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  2. Bueno, las aventuras nos suelen traer experiencias de toda clase, unas muy hermosas, otras no tanto, pero el espíritu aventurero tiene que prevalecer, a pesar de esos inconvenientes asumibles

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    Respuestas
    1. Exacto +3milio la experiencia nos encantó! y repetiremos este verano. Además planificaremos nuevas aventuras! Nuestro espíritu aventurero mejora día a día! Gracias!!

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